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CL

 estragado en el hueso, asido al humo, nubificado en el recuerdo, ya llovido, en el crisol de la miseria se forjó lo llanto, lo desidia que me abriga; ronco, ametrallado de ausentajes, abrí la puerta hacia la calle, mordí los frutos de tu nombre, mostrenco, trastabillado, herido de yo mismo anduve errante por el alba, rumiando la memoria, en desespero, le hallé el secreto siluetal a la nostalgia. esto de sombra se hizo casa muy adentro, nido que se enllama, y en el centro, tu nombre, esa flor crecida en el invierno

CXLIX

 este invierno que zarpa hacia lo sueño, noche o mar picado, monzón, esto como espejo que se opaca, lo brutal del aguacero, o la tersa niebla: respiro apenas, vaharada final. algo como de isla o de caverna me sostiene sobre el tedio, milimétrico, irreal, casi delirio; aquí está la última orilla del invierno: blanca, rugiente y caótica en su danza; largo será este siglo sin tu nombre: esperar, en el desahucio, tu llegada, nave de guerra, promesa derrotal: equidistante ahora del ayer y el infinito

CXLVIII

 este bramar del polvo o la ceniza: nueve formas de trepar por la angustia, espalda o acantilado: imposible  llama tu nombre me devora; regresamos, necios, al sitio del desastre, águilas o buitres con el hambre mochila al hombro, moribundos pero en pie, rabiosos, ahogados casi en su desidia, rabiosos pero entumecidos, locos de sorberle el musgo a la tristeza: esto de hacerse mayor y olvidar el fuego, navegar, a tientas, por la oscura cavidad del luto, embridar al deseo como a un caballo que dejó ya de relinchar

CXLVII

 en el aire se sostiene tu recuerdo, no veraniego cúmulo, ese hilo apenas perceptible, lo que atraviesa polvo y luz, ruido: la tensión del día, alba atroz que te dibuja. mi palabra que se hunde en ti, mi pensamiento herido de sin ti: aquí la espada de tu ausencia rajó la carne del olvido. la noche vuelve en fin y yo silencio. esto de mirar la brasa y no soñar, náufrago de la llama, escapista de nostalgias, perdedor de sí mismo

CXLVI

entonces, la embriaguez, el soporífero latido nacido en este pecho uncido en recordares, este amasijo de voz y carne y beso deliral, lo que sostiene a flote la cordura: resquebrajado en su más íntimo destello, apenas vivo, esguinzada la rabia, mi bien más devaluado, mi estertor más sacro, este bufar de ausencias; ahogado de pensar en humedales del pasado, roído el corazón en sus esquinas cédricas, le ví los múltiples ojos a la noche; esto que barrunto es desacierto perpetuado, necedad de herir la hoja, hacerse nudo, escarbar dentro del aire y su coraza, y nada

CXLV

en la profundidad del hueso, te sueño. nada tengo, solo el fruto de la ausencia, esta conjugación irregular del fuego, lo que susurra en el disloco; roído el palabrar te sé silencio casi, alba primera de mi deseo: mía es la muerte, el ahogo de perderte. mío es el crepitar de las horas aquí donde la luz se enturbia, relincha encabritada y huye; lo lluvia, lo terremoto, lo catástrofe, echan sus carnes sobre mi pecho: no hay modo de llevarlos a otro sitio, enraizados sus belfos a mi duelo

CXLIV

elevado a recuerdo, todo es materia de disolución, nube que se aleja o se dispersa o se olvida de sí; entre tú y yo creció la bruma, esta ceguera parcial, lo que entorpece, y algo como una roca o espina reina en el lecho de la palabra que otrora compartimos; alguien nos soñará de nuevo en el incendio: madera, combustible, fustigando la llama como a un potro. más vendrá la aurora y nos hallará a solas, abrazados a la brisa matinal del deseo, reyes andrajosos o profetas en el exilio, los depositarios de la lepra del amor o su espejismo, engrilletados, hechos isla post Pangea carnal, nube que se aleja o se dispersa o se recuerda apenas de sí, escombro de recuerdo, materia de disolución