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Mostrando entradas de junio, 2026

CL

 estragado en el hueso, asido al humo, nubificado en el recuerdo, ya llovido, en el crisol de la miseria se forjó lo llanto, lo desidia que me abriga; ronco, ametrallado de ausentajes, abrí la puerta hacia la calle, mordí los frutos de tu nombre, mostrenco, trastabillado, herido de yo mismo anduve errante por el alba, rumiando la memoria, en desespero, le hallé el secreto siluetal a la nostalgia. esto de sombra se hizo casa muy adentro, nido que se enllama, y en el centro, tu nombre, esa flor crecida en el invierno

CXLIX

 este invierno que zarpa hacia lo sueño, noche o mar picado, monzón, esto como espejo que se opaca, lo brutal del aguacero, o la tersa niebla: respiro apenas, vaharada final. algo como de isla o de caverna me sostiene sobre el tedio, milimétrico, irreal, casi delirio; aquí está la última orilla del invierno: blanca, rugiente y caótica en su danza; largo será este siglo sin tu nombre: esperar, en el desahucio, tu llegada, nave de guerra, promesa derrotal: equidistante ahora del ayer y el infinito

CXLVIII

 este bramar del polvo o la ceniza: nueve formas de trepar por la angustia, espalda o acantilado: imposible  llama tu nombre me devora; regresamos, necios, al sitio del desastre, águilas o buitres con el hambre mochila al hombro, moribundos pero en pie, rabiosos, ahogados casi en su desidia, rabiosos pero entumecidos, locos de sorberle el musgo a la tristeza: esto de hacerse mayor y olvidar el fuego, navegar, a tientas, por la oscura cavidad del luto, embridar al deseo como a un caballo que dejó ya de relinchar

CXLVII

 en el aire se sostiene tu recuerdo, no veraniego cúmulo, ese hilo apenas perceptible, lo que atraviesa polvo y luz, ruido: la tensión del día, alba atroz que te dibuja. mi palabra que se hunde en ti, mi pensamiento herido de sin ti: aquí la espada de tu ausencia rajó la carne del olvido. la noche vuelve en fin y yo silencio. esto de mirar la brasa y no soñar, náufrago de la llama, escapista de nostalgias, perdedor de sí mismo

CXLVI

entonces, la embriaguez, el soporífero latido nacido en este pecho uncido en recordares, este amasijo de voz y carne y beso deliral, lo que sostiene a flote la cordura: resquebrajado en su más íntimo destello, apenas vivo, esguinzada la rabia, mi bien más devaluado, mi estertor más sacro, este bufar de ausencias; ahogado de pensar en humedales del pasado, roído el corazón en sus esquinas cédricas, le ví los múltiples ojos a la noche; esto que barrunto es desacierto perpetuado, necedad de herir la hoja, hacerse nudo, escarbar dentro del aire y su coraza, y nada

CXLV

en la profundidad del hueso, te sueño. nada tengo, solo el fruto de la ausencia, esta conjugación irregular del fuego, lo que susurra en el disloco; roído el palabrar te sé silencio casi, alba primera de mi deseo: mía es la muerte, el ahogo de perderte. mío es el crepitar de las horas aquí donde la luz se enturbia, relincha encabritada y huye; lo lluvia, lo terremoto, lo catástrofe, echan sus carnes sobre mi pecho: no hay modo de llevarlos a otro sitio, enraizados sus belfos a mi duelo

CXLIV

elevado a recuerdo, todo es materia de disolución, nube que se aleja o se dispersa o se olvida de sí; entre tú y yo creció la bruma, esta ceguera parcial, lo que entorpece, y algo como una roca o espina reina en el lecho de la palabra que otrora compartimos; alguien nos soñará de nuevo en el incendio: madera, combustible, fustigando la llama como a un potro. más vendrá la aurora y nos hallará a solas, abrazados a la brisa matinal del deseo, reyes andrajosos o profetas en el exilio, los depositarios de la lepra del amor o su espejismo, engrilletados, hechos isla post Pangea carnal, nube que se aleja o se dispersa o se recuerda apenas de sí, escombro de recuerdo, materia de disolución

CXLIII

escribe, coloca sobre papel el ruido iniciático, no busques la luz: provoca el incendio. escabulle el ojo, astilla espejos, holla brumas, lo triste que te encarna se retuerce, relincha encabritado de saberte, apezuña su rebuzno en tu silencio: mira su tropezar, su giro de trompo sin centro gravitatorio; mira la devastación en torno suyo, ahinójate sobre los cojines del miedo: recuerda que esta carne es precipicio, lava, principio de catástrofe, terremoto; es aquí donde principia la sombra: nada tiene forma, se le dislocan los huesos a la tristeza, escribes tu nombre sobre mi nombre y cae la noche

CXLII

 entonces el resplandor, lo ocaso, no lo umbral entre las grietas, el flujo de la arena sobre el agua, lo que de luz en este pecho habla, refulge, brama, estruenda: aquí tu voz es la cuchilla que me eleva, mi último paso hacia el silencio. mío es el trepidar de la palabra: antigua bestia del deseo, espejo narcisial. rayo en la hostigada luz me veo mirarte, lo noche me crece como una flor entre los ojos, a deshoras del invierno. núbame de ti cuando te piense, estrágame de cielos si te nombro

CXLI

 en este abismarse de horas, nubemente afiebrado de sin ti, escribo. que te soy hasta en lo extraño, lo intransigente y la aurora granítica; revuelto el palabrar quise nombrar algo que se te pareciera, golem malaire, delirio en el ayuno; más que gritar, lo mío es el ladro, algún malabararse a sombras el respiro, repetir sin luna el corte de raíz o rama; lo incierto es la memoria, este fuego, el esquirlaje de momentos que se anieblan. noche: no vengas a lamer mi mano, esta llaga que me crece y que me abriga

CXL

enfurecida, cristal, marisma, nacida reciente de la aurora, esplendor último del siglo: lo que iluminas me deslumbra. rapiño de mí mismo lo que duele, aquel misterio en tu sonrisa, o tu perfume: mi altar sacrificial, primer adoratorio. moldeado en tu deseo aguardo, arcilla, materia dispuesta a tu dominio; rabiosa y abismal te me apareces: largo es el tiempo donde faltas, el cuenco de lubricidades en que aguardo, no del todo, pero animal, bestia dolida, el último espécimen de mi sangre

CXXXIX

en tu silencio creció la noche, noveno estruendo en la caída, el anuncio del desgarre, lo que sin sutura se emponzoña; recogerás los frutos del incendio, ascuas aún, peces en tu mano: moribundos aleteos en desbocada huída. mordido de alacranes o recuerdos algo lamentaré a la sombra de la tarde, resquicios buscará la aurora, la más breve manera de hendir la carne, este polvoso templo en abandono  (no encontrarás en sus muros mi nombre), esta piedra sacrificial para tu beso

CXXXVIII

esto que me rebulle bajo el hueso, adentro: niebla, espinajal donde reposo, ensangrecido; esto que de dar vueltas se me encarna, laberinto, llaga recién abierta, lo que aúlla: reirás cuando la noche escampe, abierto el cortinaje de tu pecho, mirando hacia el ayer que se evapora. más bien sabrás que estoy desierto, ardiendo al sol de aquel verano, roído de la voz hasta el murmullo, latiendo un corazón que me es ajeno, es de otro costillar que ya no es mío: no tengo más relincho que este grito, este mal resollar mientras deliro

CXXXVII

 en todo calendario, en toda trampa, navega tu silencio por mi sangre; en el próximo crepúsculo he de nombrarte, leeré entre los pliegues de la noche, recordando, como en un espejo de agua, aquel instante primordial, el estallido, mi descenso privado a los infiernos. mi palabra reinará sobre tu ausencia, alta será la incertidumbre, rijoso el fuego entraña adentro, larga la canícula del deseo, este abrir y cerrarse de mis venas, nocturno animal me iré alejando, espinado del silencio donde yaces

CXXXVI

en toda roca luz te hiciste, nacida en el destello de la aurora, en cada arroyo en que el deseo, ligero, dejó su beso. recuerdo la oscuridad de no saber, aquella ceguera de animal: mi carne palpitaba, feliz, asoledada. mi carne herida de la luz abierta en canal, bestia sacrificial, rugiendo de temor, fascinada, lame la sangre en su costado, espera el fuego, tu nombre: nacida de otra piel vendrás, empapada en aguas de olvido

CXXXV

esto de hacerse lejanía, mirar lo que en torno se evapora, no el llamamiento de lo lágrima: su contención; esto de andar entre baldíajes, pepenándole recuerdos a la angustia, lo que se enhierba en suspirancias; recuerda la manda furia del invierno, aquella forma de llamar a incendio desde el nacimiento de tus ojos, mi cercanía con la divinidad si te tocaba antes del relámpago. mordido de tinieblas yazgo por nombrarte, algo entre mi grito se acristala, bulle: reflejo o espejismo o chamánica locura me cabalga. lo que ladra de fantasmas por soñarte, el espinar que nos persigue entre lo yermo; no la sed ni su delirio: la esperanza  el inclemente palpitar de su metralla en el huesaje

CXXXIV

 ensimismado caracol o su espiral nube se me hizo a punto de aguacero el matutino recordar de tus incendios lo que de entonces humo se hizo ruido ensordecido de mordernos agua fresca arroyo de montaña marca primera del espasmo más allá del horizonte más allá algo quedó que se hizo nombre roja caligrafía de lo que olvidamos la tapia en la ventana memorial el cuero o el deseo puestos al sol nada fuera de lo simple lo tan silencio este lavarnos la sal de los recuerdos

CXXXIII

 escayolado a recordares vengo nimio y feral de sin incendios esto de hacerse mero ruido lamerle sales a lo angustia romper lo que ya roto habla de vos  aquí donde alcanzas tu forma definitiva más tuya que de ti misma casi mía más mía que la intocada sombra de tu beso abierta va mi herida si te sueño recuerdo o fierro marcador o llaga lo que de ti sostengo a duras penas esto cristal que salvo del silencio no diré más no haré más que repetirme escribo que te sueño pero despierto siempre                 y no me encuentro

CXXXII

en toda sombra, la sospecha de tu aroma, nada en el espejo, sin embargo, nada: el aire en todo caso serpenteando por la ausencia, la clara condición de estar fantasma, roído el corazón por los deseos; astillado de sal el palabrario, de no llamarte: más tarde o más temprano me haré nada, me hará falta rabiar, o hacer como que tengo calma, algo saldrá de mi como sin causa, reiré tal vez si queda aliento. lo cierto es que se enreda tu nombre en mi garganta, envuelve carne y hueso y se acicala, navega sangre adentro, acorsariado, envuelto en nostalgiares que se enconan

CXXXI

ebrio ya de lo sin ti que se hace el mundo, nacido de tu ausencia, escribo de las cosas que se herrumbran, los rostros que se olvidan de a poco, raquíticos y derrengados se van; ahora sé que te he soñado: más allá de la vigilia oí tu risa 

CXXX

este papalotear del corazón en horas bravas, numerado hasta el suspiro, el eco puesto al sol como en desuello; lo que se hizo frontera en el silencio, roto caparazón de ensoñaciones: aquí yace, dirá una lápida sin nombre, mi corazón después de nuestro, mano tendida hacia lo nada; abrirás el ojo una mañana y lo sabrás: recorro vestido de fantasma los despojos, la cíclica conflagración de aquel deseo; estoy como al principio, llaga en mano, negado de sosiego cuando se alba, echado a olvidar como fruta cáida

CXXIX

esto de echarse a andar sobre malmontes, nubecerse el ojo en suspirajes, empedrarle sendas al deseo, lo que me enturbia carne y sueño, rugiendo te haces de vigilia, articulada tu palabra en mis falanges, mi corazón relincha sin corral que lo contorne; molido a trotes me levanto: algo de mí sigue contigo, recuerdo o cosa ida, de mí aorfandado, largo en su cordilleral fantasma, eso que fui cuando aún estabas, no la sombra o el resuello, lo que aún ladra: este embriagarse a solas al inventar tu aroma 

CXXVIII

      esta forja de adioses, negaciones de la luz, esto de echar fuera la palabra amor y sus gazapos, roerle el tronco a lo que, fuego, ascua, amago de incendio, masca esperanzas de distancia; mírame, corazón, buscando a tientas tu sombra o su trinar, recogiéndole su esquirla al horizonte, lo de malabar que tiene seguir vivo, espulgar las tardes y el delirio, nocturno animal con viejas hambres, esto de llamar a puertas ciegas, emparejar calles de andar soñado, nigromante, gitano, estafador: el hombre -lo que de suyo queda-, lo que festeja aún aquel encuentro: recuerda que estuviste de pie frente al abismo, angustia y dolor bailando en torno, mírame revolcado y viejo y tuyo

CXXVII

 es mi palabra la que mordida de fantasmas, negada de alarido, afonida en ti, escarba, ya topo deslumbrado por el día, lampareado armadillo: en desastrada huída, resollante: carne que pospone el sajo. así de oscuridad bañado su rumiaje, mienta de ti lo aroma, lo sin forma que le fuiste: mermado de rabiares y vehemencias, afiebrado, deliral, como poseso, repetido en el eco, ótico narciso, llagado en recordares nostalgiantes, escarba nube adentro, se dice que está vivo, niega su condición de espectro, espera el retorno de la luz de la que huye

CXXVI

 espejo de temblar me tiro al viento, nimboestrato el corazón deslluevo, esculco el horizonte de buscar lo que te nombre, piedra o jaspe, relámpago se desvanece todo, artificio, fuego fatuo, festín deliral: mi pecho enfierecido de ser solo, mi carne hecha jirones de ser humo: algo revienta como un fruto en la espesura, rompe lo silencio, lo rumor de grajos, lo que salta entre hierbajes, depredante, esto como de laja en lluvia, resbalaje, norte a perpetuidad sobre mi ojo, eso que me palpita, ya sin mí, esta querencia

CXXV

 estar y no: morderle carne a la derrota, negarle el saludo a lo que duele, estibarle canciones al recuerdo, leer tu nombre en cualquier muro, reír como el que a fuerza de llorar acaba por soltar la carcajada. más tarde pensaré que fui de humo, mota de polvo que limpió la lluvia: aquí diré que te he soñado, rumiando padeceres de vigilia, lastrado por la sed y por el celo; estos sueños querré que fueran ciertos, nubes diluviales que me inunden, el suave resplandor de lo nostalgia

CXXIV

 esto que bruma llega, y nombra, noche a noche, oficiante puntual cura, el verbajal donde tu risa aún arde, lo humo que cuchilla rasga el ojo, rescoldo de otras horas: aquí se hunden mis silencios, mi certeza más ufana, lo que en pie mira como buscándole horizontes  al delirio o a esta furia de andar mudo, roto el palabrar para invocarte, lluvia, lágrima, vaporosa evocación, sudor; esto que a gotas huye carne abajo: no habrá después que nos rescate, esto se acaba y nos consume, y no hay a donde

CXXIII

 eres, en esta hora, cicatriz, lo que aún palpita, no el anuncio de lo vivo: del ausente rostro, el rostro que se desdibujó al fijarse en esta carne, lo que me es aunque me falte, el estruendo: reías y la selva devastada -el mundo- se colmaba: aquí, frente la derrumbe, vuelvo a nombrarte, marco mi sosiego con tu llaga; mordido de ilusiones, crecido a rabias, algo de mí halla sosiego si te nombra, recuerda la caricia que domeñó mi fuego, lo que de ceniza crece adentro, bien adentro, esto de hacerse loco, fingir que no exististe, naufragarme de nombrarte, cantar esa canción, echarme al hombro la ceniza, lo que fui, lo que soy

C XXII

 eres, cuando hay lluvia, lo que pulsa tierra adentro: navegas por mi sangre, eco, trampa, reflejo, esa marea del mundo aún sin nombre, lo que intacto sobrevive a lo ceniza; rodeada de fuego y girasoles te desbasta el aire: alguien localiza el origen del relámpago, mira sus manos y comprende el color de la ceguera, más allá del estruendo, entre lo claro, alguien te nombra, alguien dice tu nombre sin saberlo, recorre la sinuosa orografía de tu llanto o tu deseo: la primera flor arrancada por el huracán tiene tus ojos, el primer destello que me deslumbra no es del rayo, nace entre los abrojos de la desmemoria, en tu cuerpo, en lo que roca de ti hacia mí perdura tras el fuego

CXXI

 eres, en el fragor: retumbo, crepitación; nube que ha de romper sus aguas noche adentro: esta forma de nombrar sin grito tu cintura, lo que avulcanado se agazapa entre recuerdos, roto ya el costillar de la nostalgia, abierta la casa como herida abierta, mi agonir como sin carne, todo idea. más llega el lunes a ladrarle al calendario, algo vuelve a resquebrajarse aquí en el ojo, ruido puesto a la intemperie, como cadáver, lavado en sales su tiniebla y sus temores, echado al sol, trofeo, bestia por fin domada: no por el hambre oscura de mi ser hombre: esto ha sido derrotarse en los vaivenes de tu pelo

CXX

entonces, perseguir la sombra, hacer del eco malabar, nocturno destellar de lejanías, abrevadero del recuerdo, esta forma de conjugar la memoria en su desvanecimiento, la cuerda floja en la que baila con los colores del invierno, recuerda: el fuego que se aviva y la ceniza que se esparce al viento con parsimonia de cadalsos, más allá de la bruma y el espejismo; muerto de tu paisaje, cadáver puesto a andar sobre la lluvia, acechado de tristezas o ecos bravos de haber sido, refugiado de lo otoño, ya desnudo, lo que resta es navegar hasta el desangre laberintos, encarar al enemigo, lo intangible, lo que me hiende espina, naufragado por fin y sin resuello, agrietado, esto que resto soy, hilacha, harapo, astilla residual 

CXIX

 esto, lo que de ti recuerdo, lo eco, nube o espejismo que se enrosca, el aullar de mi tristeza, lo que de mí queda, ajironado, hosco, reptando entre lo bruma; algo que agazapado aguarda, más fiera que yo mismo, mordido de hambres y deseo, aletargado y sucio, como quien vuelve, regurgitado de otro olvido, lastrado por su carne, eso que ya de ser no será de nuevo, nada más que el murmullo, el sonido vago de una comparsa que se aleja

CXVIII

eco de la luz te sueño, novena flor de mi silencio: espina en llama, umbral del grito; llegado lo que aturde, recorres las faldas de la ausencia; al fin llegas a la costa, mordida por asombros: mi sombra se enmaraña de nombrarte, abren su alar los cormoranes, remando contra el aire; la noche se remansa y piensa en ti, estruenda a susurros caracolas: nadie sale al encuentro de tu sombra, escribe cartas de amor para las llamas

CXVII

 eres, en la memoria, paraíso enllamarado, nítida coloración de calendarios, este modo de levitar frente a la aurora, lo que cordura o calma tejió en mí; recuerda el trepidar, la espera, aquel encascadarse de tu pelo, mi sombra hecha de ti, yaciente, mansa de andarte beso adentro, ardida desde el poro hasta la carie, ¿recuerdas los espejos, las lloviznas, la sierra al derrumbarse, los silencios? esto que soy, temblor cardiolingual, nudo de ciego, tu ausencia al palabrar, el baile sutural de andar a solas frente al mar

CXVI

 esto, lo que soy cuando te ausentas, nube o fulgor, acaso estruendo; esto que ara carne y dolor y surco, lo que en ladridos el aire muerde; roto el cordaje del recuerdo, busco, ahogo palabreríos donde te nombran, me estoy quieto entre las cosas, mudo casi de distancias, atrincherado y ya sin guerras, roído el carcajear frente a la angustia, lo de suspiro que aún eres cuando vuelves, esta comparsa funeral de mis recuerdos, nube o nave o charco sin final, esto que ruge moribunda bestia cuero adentro

CXV

 entonces, ahora, la luz es lo que calla, no su contrario, lo que otrora me aterraba, esta cuchilla inabarcable con su absurdo, lo que de pronto ciega sin oscuros; recoge las promesas como quien recoge aquella cosecha mordida por la helada: muerta más allá de la esperanza. mira hacia el mar, donde no hay yo, ahí donde refulgen sin tú las tempestades, recuerda lo que soñaste en el desierto, la tibia hoguera donde ardimos, el espejo que se empañó de recordancias, nuestra barca que se hundió sin prisa en las aguas vastas de un olvido

CXIV

eres en mi yo ausente la palabra, no el silencio que se rasga, lo que crece, esta conflagración de soledades, la última imagen de la herida antes de sí: resquebrajado el aire, añicado el deseo, aquello que pervive y nombra lo que fuiste, manso temblor de la entretierna voz; mi azoro ante las luces que de ti vuelven: aquello que se hizo de vuelo o de recuerdo, resquicial en lo que ausencia se hace, lo que aprieta el mandibular anhelo, esta carne que se insecta de añorarte, nocturna piedra en que descansa, ya sin ojo, este huesal este nerviaje esto que enhueca

CXIII

eres, en el espejismo de la calma, nube que se anuncia de tormenta, eco del resuello, lo que hiende el aire, las interminables horas del deseo rota el ala del espero, no te nombro, agotada la luz de lo que duele y arde, mordido de querencias y de olvidos, molido de palabras, estar vivo algo abrió mi herida sin ser tú. recuerda los nombres dados a la noche, las formas de encarnecer en ti esta repetición del eco, lo que pervive, nuestro incendio particular, ya solo mío, el cristal que se añica de no verte

CXII

 escribo de las cosas que me sajan, nublado en pesadumbres, ovillado, estragado de morder auroras, lo que llega primero y labra heridas; repetido de silencios, enfiebrado, aquí me digo que estoy solo, más si cabe que yo mismo, macerado en el lloraje y en la angustia, abierto en canal como animal de monte, recipiente de mosqueríos y maldeamores, ladrante de no ver lo que en la bruma brama, eso que se parece al ruido de tu paso, nacido sabe dónde, y acercándose con calma, esto tan de fantasma, que te invoca y no se sabe si es nostalgia o recuerdo o la boca del delirio

CXI

escampado de lo angustia, nochituerto, agujereado en el verbaje, espero la llegada de lo fiero, lo relámpago en la bruma, reverberado de no verse, así la sombra de tu sombra se dibuja: más como eco de luz que se afugaza, mitad hecho de anhelo, mitad de algún recuerdo; aquellos desvelares aún son brasa, rescoldos del incendio, una promesa, lo cierto es que ya ciego solo escucho el agua que se va ladera abajo no hay otro ruidajal que me perturbe en este crujidero de tristeza y soledades, esto de andar sin ti como quien vuelve nadando hacia la orilla en que se quiebra el nervio de extrañar sin aspavientos; lo último que ví fueron tus ojos: reñidos con el humo de ciudades, abriendo el paso hacia lo lejos mordida de querencias o fuegos invernales 

CX

 Esta vez has dicho adiós, cerrado alguna puerta: navegarás por aguas sin ternura, dirás palabras en forma de caricias pero no sabrás para qué sirven; la ausencia es una forma de entretener el deseo: recoge sus trampas el invierno, para colocarlas a unos pasos, con mayor delicadeza, más letales. Morir de amor es una forma de aceptar la derrota, machacarse el dedo del amor propio con desidia; ahora, el viento abrirá las ventanas, pero no miraré hacia afuera, rendido al torbellino del horizonte: me basta la certeza de haber tocado el fuego, esta ceguera; esta vez dijiste adiós como quien nombra el infinito: naufragaré por aguas cenagosas, dormido, soñando el cúmulo de voces, una sombra, un nudo: tú desnuda en mitad del espejismo

CIX

esto que fui, el sueño en tu pupila, nocturno y delirante tras la sombra, echado a lomos del olvido, casi bulto; lo triste fue abrazar de nuevo el polvo, roer los huesos fuertes de la aurora, ajado de hambrecer a mis fantasmas, mis penas tan al sol enverdecidas; morir fue aquí la trampa, lo suicida: abrí sin paz cada ventana, amé sin más el precipicio: rumiando el corazón por tu querencia la magia no llegó con el verano, estuve así cuarenta noches, atado el ojo noche a alba al firmamento, de esperarte; estuve así más de un invierno, velando tu llegar, negado al sueño, y así se me hizo piedra esa tristeza, y nada pude hacer contra mí mismo, ladrando hundirme sin remedio; rescoldo de la brasa quedé al viento abierto el esternón y la querencia, mordido de saberte perdida entre lo incierto 

CVIII

 escarba en mi corazón hacia la sangre navégame lo torvo, el agua espesa de mi duda; esto de no dolerme tu partida es lo que sangra lo que saja hueso adentro la querencia roca abierta mi pecho espera a que vuelvan tus pasos, a que el azar ponga tu voz sobre mis restos, mi ceniza que se eleva con el viento, mi palabra ya marchita y repetida aferrada a esbozar tu nombre, a tiritar de soledad rumiando a solas, por el mundo, que te has ido lo triste es masticar incertidumbre, no saber: echarse a la sombra de la confusión y hundirse, navegar lo navegable del recuerdo, y hacerse poco, esta perpetua forma de agonir el desespero

CVII

 eco de tú mi palabraje salta: nube se carga de recordancias entonces llueve, lo sanado se me sufre de improviso, recaído de extrañación y fangos a la luz expuesto el nervajal grito de vos me crecen malahierbas en el sueño me crece un espinal sobre el sosiego  abierto el cajón del pecho junto polvo revuelco el corazón sobre el desorden le digo que está bien, que no hay dolencia entonces pienso el mar y te recuerdo no digo más palabra, ni silencio guardo: empiezo a trajinar con malabares el suspiro

CVI

 esfinge, tu lamento cayó en el agua: nadando llegó a orillas de la casa, era de sal su aliento sin colmillos, lo sé porque mordí su rastro; recuerdo muy bien todo: aquella voz sin lumbre ya que me quemaba mis últimos espejos al quebrarse

CV

 escarbada la memoria poco queda, nudos tal vez do la nostalgia se aposenta, el lento cabalgar de lo soñado, la alegre humazón de lo perdido recoge el azar rostros y flores, aquella fotografía sin flash donde sonríes, montado en su corcel hacia el olvido miro al azar llevarse algunas cosas aquí, cuando te nombro ya es silencio, revuelto el amargar de la tristeza hallo un eco, la espina que me crece carne adentro, el vértigo de arder en la tiniebla no digo más: todo es fantasma y todo huye: escucho el retumbar de lo dolido, y ya no duele

CIV

 el silencio es imposible si te pienso: nace en la vecindad de la lluvia el croar de sapos en celo la caída de los frutos, el follaje acariciado por el viento; rumores de un río que se desborda, animales que persiguen a su presa (envenenada, mordida de hambre o de rabia paralítica) me digo que te nombro, pero en falso: apenas la sospecha de que fuimos; relámpagos iluminan la habitación de mi soledad, la noche se columpia de un ojo al otro, escampa la tormenta, se aparean las cigarras con estruendo: no hay silencio, hay un borronazo en la palabra, en esta forma de decir tu nombre sin resuello, en este crepitar de aguas río abajo; no hay silencio, hay un rumor sobre otro, el ruido de un machete que pierde el filo, la prisa de un motor al derribar la ceiba o el cocoite; ramas que se comban si el cazador espera al tepescuinte, agazapado en sus alturas, rifle y sueño en mano, más allá de del cacaotal alguien recuerda un nombre, masca hojas de hierbasanta para su herida, ahoga a los gaza...

C III

 encima de la noche está tu beso navega sol helado entre humaredas: es palabra y no más, casi un conjuro; lo triste de querer no es lo dolido, rabiar en el recuerdo o verter llanto; amar es una herida que olvidamos mascando hierbajales de despecho mordidos de deseo, de celos empapados; acaso es anhelar la cicatriz y luego preguntar de dónde vino rodeado de la duda y sus esbirros; lo triste de querer será el olvido echar afuera la tristeza y lo llorado negar antes del gallo el tajo en la querencia echar la lengua a arder sobre el silencio

CII

 esto que baila en la pupila si recuerdo, nudo las manos, la palabra, lo que de suspiro encendía los cuerpos nuestros, los reiterados incendios del aliento; rodar hacia la noche, protegidos, a tientas malabarear el beso, la prometida vuelta, morder los nuevos frutos del deseo, mirar los correntales y la flama, amanecer sin temblor frente al abismo, royendo el hueso de la espera, de ti soñado; largo será el invierno ahora que huyes, ahora en esta esquina donde he puesto la flor de tu recuerdo: naufragaré todas las noches sin tu remo, en agua oscura o fuego seco haré sonar este lamento

CI

 entonces, llamar a olvido y no soñar, negar que estoy herido, que me escuece el corazón de no saberte, de tentarle las carnes a la angustia lo que sin despedirse emprendió viaje; rabio de hablar en la espesura, a solas, atento a lo que en el follaje cruje, más llega el alba y no hay ceniza que me ladre más bien estoy en pie con el respiro a cuestas arando el yermo el malpais que nombré tuyo; rostro al sol me crece el olvido en malayerba, lo que no soy que se me encarna si te llamo este modo de transpirar el veneno propio, nadar a contraflujo del delirio sin hundirme, estar a salvo sin lo incierto, sin duda en la que caerme vivo

C

eres en las grietas del desahucio navaja o roca con su filo y sed de sangre el primer destello de este dolor sin ruidos lo que crece en la carne su mordida  revoloteando desde mero adentro allá donde la carne casi es hueso moliembre de tiniebla o confusión mi yo sin cauda de verbo o de pronombre  asido entre lo polvo y lo ceniza que dejaste regado por los pasillos de la casa o el horizonte  lo que más al espejo gruñe y atarasca esta confusión de lo que fuimos no el náufrago siamés que se mutila el ahogado sin cuerpo y dos memorias bifurcadas 

XCIX

 entonces se me viene tu voz a la memoria no el sonido, lo de ausente que le crece entre mañana y la hora última de verte lo interminable que ha sido no olvidar relinchante de mascar distancias a todas horas, como quien masca su hambre machacado en el recuerdo muerto no estoy puesto que ladro agazapado entre amargores revolqueteado de esta bruma que se encarna lo mismo que una uña mal cortada es cierto que rasqué alguna costra no para recordar dolencias esto es lo que me cuesta, ponerle forma a la palabra estar al habla y no decir ni lo que aullo no hablar y hasta soñar que me descarno esto de mencionarte y ponerse el duelo llegar a donde mismo sin cigarro o trago de mezcal rehuyéndole el encuentro a lo fantasma amanecido casi de cerrarle el paso a los malaires mordido de serpiente o beso de mujer o chichicaste

XCVIII

 esto sin cuerpo ya, que se marchita: navaja sin su filo ni carne donde hundirse; esto que escuece en mi costado lo que me incendia a trompicones revés de tu decir no es mi silencio: aquí todo es carroña, hasta el recuerdo mi casa es un barrial donde no llegas mordida de la fiebre o del deseo: aquí todo es cristal sin su reflejo reflejo que sin luz se teje sombra lo cierto es que no sueño con lo nuestro el tierno apalabrarse sin futuro nadar en la corriente hacia su centro esto que ya sin cuerpo se hace polvo

XCVII

 esto que ya no soy, que se descarna ya sin grito no el fantasma que se quedó soñado en un rincón de la hojarasca, lamiéndose la herida o el filo del cuchillo royéndole las grietas a este que no soy a esto que resquebrajado cruje mitad a solas a medias desamparado metido el cuero en hoyancos desidiosos apresurado, torvo, casi apenas sospecha de retumbo rota la palabra que nombra tu ajenitud lo que se me agazapa entre las cuitas este modo de habitar en la añoranza sin barullo necesitado de estar ya no sin ti, apenas solo, esto de hundirse en los espejos, costra o escama a punto de caída

XCVI

 esto ya dicho, lo que te envuelve, nube o bruma o silencio esto que mi trastabillar ofusca, lo más fresco de la herida, rezumando su pus de indiferente lumbre, abierto como boca abierta de un colgado metido en el péndulo de su carne; me estoy yendo por las ramas, así digo y me ensilencio con tu sombra: roto más bien de algún tejido o hueso le pongo incienso a lo que fuimos, esta herida ya cadáver ya hedor ya mosquerío esto ya dicho, ya sin razón, ya para qué

XCV

esto de andar sin sombra es lo que pesa nomás ardiendo en el costado de la pena, entilichado de palabras o bullicio, lenguajereado el onomatopeyaje si te nombro rendido de crecer pero hacia el fondo abierto el esternón con tu obsidiana más cerca de ensoñar que de tus ojos 

XCIV

 escribí la duda en las paredes, en el musgo (no supe de ser yo hasta muy tarde, expiado de algún verbo y sus injurias, lisiado y tembloroso, frente al humo) reñido con auroras y caballos, con el fuego, abierto de mi entraña en tu cuchillo; mascado ya y hediondo en la boca delirial, moribundo y casiciego a la intemperie, a punto de ceniza o de nombrarte recé en algún altar y fui devoto lo triste es que no supe mentar a ningún dios echarme la esperanza sobre el hombro, no supe de congojas o demonios, ni ser santo, estuve sobre el agua sollozando, de todo lo que arde entre los huesos, de ver alba tras alba nada más que para hallar en mí tu ausencia escrita entre las sombras como un salmo; lo cierto es que me ahondo en lo sin luz, repito que estoy bien, sin amenaza ni antigua cicatriz, a veces solo un poco, un poco hambriento más perdido que ayer pero conmigo

XCIII

eres en mi laringe casi un grito nada más que aullido el relámpago que cruza hace siglos la oscura bruma de mi carne roído de silencios llamo a puertas donde tu nombre mitad ausencia mitad fuego relumbra mira la quebrazón de huesos aquí en donde no te hallo pero busco rabioso y confuso tu silueta lo mío es huir de entre la lluvia escarbarle el centro a las heridas negar que te esperé a deshoras: eso que fui cuando tú eras

XCII

 es tanto lo llovido aquí por dentro nada más que a diario puntualmente -¡es tal y tanto el musgo aquí crecido!- lo cierto es que me pesa estar de pie robarle su palabra a la dolencia andar como si nada, sin seña de quejido marcándome el talante o la zancada; morir es solamente no estar vivo andar sin ti no es solamente abrir fogatas en el limo recuerdo que te hablé de las heridas la forma en que sajaron esta carne el nudo en la habladera, temblor crecido; no hallé la tierra para echarle a tu recuerdo: estoy aquí tirado al sol engrisecido estoy pero sin mí hollando el banquetaje nomás de masticar las recordancias en este montazal donde malvivo lo cierto es que te sueño y luego olvido relincho de mirar el horizonte abierta la esperanza como un tajo miro que se agusana de no verte, que hiede y me supura y trae el delirio

XCI

 esto de empalabrar las cosas idas, nadar contra el caudal de recordancias, esta maña de perseguir fantasmas, ladrido en mano, por los parques; robarle horas al insomnio, olisquearle al tilichero del pasado calendario más que el polvo y su ceniza, más que el costalerío de huesos, ahumar paredes de nombrarte, a solas, receloso, mordido de añoranza, ladrándole a tu espectro; esto de hacerle muecas al reflejo, negar más de tres veces la querencia, este gritar entre desiertos el anhelo

XC

 el dilema es andar vivo, lenguaraz: necesitado de sombra en lo cemento estragado de sol y de sequía, lengüeteado en el pecho por el ahogo, ¿recuerdas? el canicular sofoco y sin gota algo como tener la sal dormida en lo que sangra, morir y no morir, andar a salto de indefensión, más ave de corral que cetrero al vuelo; algo como dolerme la pupila de no verte, resfriado de todas tus ausencias, afiebrado; lo que enceniza mi palabra es otra cosa: este malabar entre olvidarnos y siempre no, negar, entre las brasas, el campo en roza, esto de hacerle nudos al vestido de la parca, de sobornarle un beso, un zapateado, y no

LXXXIX

 esto de no morir es lo cansado: nada más que respirar a toda sangre entre el madero y los suplicios de la duda, languidecido de avivar la brasa, tu voz sin eco revoloteando el tímpano en vuelo migratorio a sabrá el demonio qué hemisferios, más que tierras prometidas o boreálicas auroras más qué decir si este cansancio sigue vivo aherrojado de mi hueso o del hueso de la voz repetido y sin luz, haciendo hueco en lo que digo lo que a tientas nombro para llamar la sombra el amuleto para ahuyentar la fiera de tu nombre nada más decir que no morir es lo que agobia esta flama que se olvida de besar el malpaís la malmemoria de querencias, de la herida

LXXXVIII

empecinado y tuerto, con hambre de luz, nacido en la espesura o en lo turbio, echado al mundo ni bien fraguarse el llanto, lo que soy a penas torvo al aire ladra rabioentrinecido de rumiante a solas ala sin Ícaro para ofrendar al agua inmensa, molido en lo silencio, en lo enredado más allá de la tristeza, de los signos: ahorcado en yermo, vuelvo a ser solo reventado el verbo intestinal, la musical tibieza, lo sereno que en rescoldos queda, vencido escarmentado y cara al suelo: nunca como ahora hubo la carne expuesta este reino de gusanos sobre lo vivo moribundo, esto que soy: espejo en que tu recuerdo flota enhambrecido

LXXXVII

 este cristal en que se desvanece el mundo nudo ciego de ambigua luz el cascarón de las cosas recordadas las que se esfuman en la arena roja de los días de morir a solas, a desbocada prisa por devorar acantilados meticulosamente herido de mí mismo masticado en el hambre de nada ahogado casi de estar vivo, de inhalaciones, repetido en la profundidad del hueso, enrotecido, ladrante de mi noche sin lluvia sin tu nombre esta casa que se arruina de silencio de polvo no el espejo no el cristal, que se enmaleza: eso que se oxida entre musgo y sombra eso que ya crepita bajo piedras nada más para quebrarse o sajar su carne embadurnarse de nostalgia, enceguecido lo que escuece en la costilla del deseo, reverberado y torvo, ensombrecido de llamarte a cada brinco de la aurora, a cada temblequeo de lengua, mi gritante muro de fantasmas se deslumbra

LXXXVI

 espera la llegada del deseo: no mires naufragar esta dolencia, esta corpuscular materia que se inunda; lo que no soy, lo que huye de la sombra, reptilizado y torpe, aciago en su tropiezo: aquello que me muerde el costillar mi hueso de carne más enjuta mi hueco de llagas ya sin flores, aquello todo que me agarra para herirme, roto el nervaje y la palabra clara lo que tuve para ofrendar sin miedo está ahora ido, cubierto de ya nunca nunca más, de para siempre nada eso es lo que tengo, la espina, lo no ser, aquí clavado

LXXXV

 entonces fuimos la suave herida nuestro cadalso enflorecido el cristal donde el horror fue bello luego nada, la llegada del invierno roto el costal del deseo abierto en canal el cuerpo del pasado mugiendo desaforado toro al sol

LXXXIV

 este fulgor nudo abierto este sueño largo invierno roca hundida agua que huye mi cicatriz mi lengua flaca ascua en el ojo regresas y escuece lo pasado lo ayer el cenizal enjambrecido nube fiera fauce abierta esto que soy el tropezón el cuerpo no esta mole de carne empozada de nervio y hueso lo que se arrastra regocijado en su querencia abierta carne a la intemperie mosquecida y embriagante

LXXXIII

 empieza por tu talle, lo que primero sostuve: no el contorno de tu rostro desvanecido cae en esta bruma sin recuerdos, en esta confusión de siglos, lo que intrincado se me revuelve nervio adentro repiqueteando el corazón y el hambre agazapado reptil entre la sombra de lo suyo más allá del hueso y su dolencia crecen las florecillas del olvido más allá de tu misterio, de tu palabra ennieblecida alguien inventa la historia del fuego recuerdo: no tu mano y sus falanges con su magia, la senda hacia esta hora comienza por el talle; el anhelo y la separación del cuerpo, nuestra forma de hacer volcán la noche, la irrupción de lo huracán el universo ahogado en la garganta tuya  es decir el cenit y la garganta mía ahogada de tu nombre no en el mar de orillas inasibles: entre la aurora y la hora ciega ligeros casi sueltos casi etéreos rendidos ofrendamos la epidermis a horcajadas sobre el lomo del desvelo mitad uno a medias otro tal vez sea posible decir juntos

LXXXII

 embrujo de lo incierto nudo de la carne esto que soy, lo piedra, lo fango repite al aire ayer, mañana, siempre: muerde la fruta del sueño muerde en el delirio aquella flor que te deslumbra recoge lo néctar, lo paraíso lo furiosamente bello eso que huye para siempre nuestra carne, el deseo en estampida ciega       hacia la niebla

LXXXI

en el alba, al caer el rayo negué tu nombre: abrazado rémora a la amnesia estragado, fiero de dolencias llaga en el pecho dije al polvo recuerdo la hora azul, las parvadas aquel ruido de follaje enverdeciendo mi corazón tendido al sol absorto mi lengua o mi palabra entorpecidas aquel destello que anunció la lluvia recuerda que llegué a tu labio ya cansado las veces que naufragué apenas tocar tu mano esa luz que ardía en mí, centro y periferia no me digas que caí, que ya no hay fuego en este cuerpo que te llama aunque te olvide 

LXXX

 esto que escribo para vos, nutrido de silencio, esto que se me rompe hoja, lo lluvia que se escurre y evapora: ruido para el susurro de nombrarte, ascua para invocar la aurora; maleza oscura es mi palabra, mi lengua a trompicones balbuceante ahora te nombro y digo invierno recojo mis pupilas, te imagino: larga, tu cabellera, oculta el firmamento; es todo, sin embargo, es todo: nada escapa a la mordida del olvido, estoy dolido de ausencia, ya casi sin recuerdo

LXXIX

 en la boca anegada del desvelo naufragado, huérfano de faro o costa, erosionada la locura por el hambre, la carne y el huesadal envejecidos, rotas las alas del deseo, descoyuntadas; amor: yo fui el acantilado y la madera mordidos por la noche, forzados (mírame, dolido hasta en la sombra) al choque y la caída sobre tu espuma resulta que estoy hecho de algo más simple, larga, cotidianamente amenazado por el fin esta materia que soy, de fácil quebratura, no la roca supuesta que prometió mi lengua: este cristal frente al proyectil que ya me besa

LXXVIII

 esto es respirar a medias: morderte en la palabra, nube apenas, sueño en plenilunio; esto, lo que ata, tu alfabeto de sonrisas, lo que espina se encarna en la espalda romper la cristalería del miedo atarle un piedra al cuello del sosiego morder la fruta y el veneno

LXXVII

 este ruido, el espejismo: lo que sueño nubarrón o encrespecida mar; el ojo abierto de tu ausencia, abierto: libre puerta, ya sin goznes rosa o lengua del incendio, lo que callas ahora cadalso, amago de promesa: mi carne hecha lágrima, cercana al polvo mientras el ruido, lo que sueño en el espejo abre su grieta, cultiva el musgo retoño lo que somos que soñamos y no fuimos lo que arde sin llama cuando partes esto que cruje y avanza por mi pecho, naufragando con desgana, adormecido: esto que a tientas se desangra y muerde y nada

LXXVI

 escucha: cada palabra como cristal en su caída no sobre los cuerpos, sobre el mullido cojín del aire; el murmullo de hojas secas, de la lluvia en su coraza, lo fulgurante y pagano que del incendio queda, restallante y pluvial, poco menos que fugaz, arrinconado de sí o parpadeo en la oscuridad; mi telúrica ensoñación, lo que te ofrezco, mi garra más profunda, descarnada, lo que exiges, (agua sin claridad en sus esquinas, encenagada, rota como la rota nervadura que a penas me sostiene); la vertebral columna de mi deseo, mi llama, esta ofrenda para el mar de tu cabellera interminable: nadie lo sospechó entonces, nuestro grito ese alarido que templó la aurora, lo que hiere, lo que aún arde

LXXV

 esto: lo roto, lo mansamente putrefacto, lo sin lengua no lo que danza en la luz: lo oscuro, lo en penumbras; este rosario sin novena, lo que ladra, emperrecido, lo que chapotea en el río de la noche, lo tormenta: roto el astillado marfil, lo firme ausencia que nos monta, aquella fruta que mordió la esperanza ya sin diente, mitad a tientas mitad tranco de recuerdo madeja de palabras, lo que escurre, lo mordaza; aquí la flama enceguecida, lo pistilo ante la abeja repertorio de promesas, lo deshilachado, sucio lo nido de rata, colección de baratijas cuérvicas este tropel de no saberse, lo que se resquebraja, nudo y vértebra, lo que se calla lo que descarna esta mandíbula, su huida por el túnel de la carne

LXXIV

 eres, en la tormenta, lo que se desgaja, el agua y la roca: numeral del miedo, cristal para mi turbia luz; esta necesidad del fuego, esta sed de torrentes lo que me crece hiedra en el jardín del pecho rudimentario y silvestre, lleva tu nombre ahora la angustia toca su cenit sin pájaros hambrientos  mi mediodía arde y lo consume todo en torno mi mediodía arde y lo oscurece todo debajo suyo a solas crepita mi corazón en una hoguera cercana al alba regreso y te encuentro ausencia, ceniza en el muro de los días la cicatriz que no cerró su puerta de sangre, lo que somos este silencio que crece sin forma, asido de cualesquier ladrillo no fue el estallido, en medio de la noche, lo que nos fundió: el primer canto de los gallos, la promesa que rompimos como un vaso sobre el concreto

LXXIII

 esta forma de astillarse el hueso necesaria hebra de la memoria esa arena que escurre aguas abajo lo difuso esa niebla en la palabra recuerda corazón cuanto fue tuyo aquella tormenta y aquella flama muda sombra de la sombra

LXXII

 enturbiecido, ronco: busco en el aire nebulosas, la salvaje raíz de mi tristeza esta maraña este ramaje este avispero lo que arde no: lo que al nacer quema raspa la carne le abre cuarteaduras a los muros de la calma esa vieja casa materia de abandono refugio del polvo mi más sentida espina mi cicatriz más viva ahora diré que estoy solo que me canso rotos los cristales del tedio olvidare tu nombre lo que arde y quema entre carne y hueso  el destello donde comienza la caída no diré otra cosa estoy solo pero no importa esta muerte este crecer de lava este crujir de dientes son míos y estoy a salvo

LXXI

 esta madrugada he vuelto a tocar no tu piel, la silueta que conservo del recuerdo esta madrugada esta oscuridad en este mundo labro sin roca las desvanecidas formas: algo que se parece al amor al fuego mi pecho abierto como un ojo abierto mi ojo herido como por un relámpago aquella flor que sin saber de otoños refugió en su polen tu palabra lo que escribo sin fatiga, aquel beso esta voz como un hilo que se tensa nuestro pedazo de mundo que se diluye espejo agua que se evapora que no dice adiós que se desploma

LXX

 etérea, casi nube casi aire casi aliento nudo desde la lengua hasta la fiebre eco imbatible grito en descampado lo que de móvil tiene el verbo cualquier verbo recoge dentro de sí para sí tu sombra algo que se le asemeja pero en llamas: máscara de un carnaval que no ha llegado mitad a solas mitad con tu recuerdo algo que quiso ser o palpitar entre nosotros recuerda las horas de la tormenta las horas en que el tacto la urgente piel era la única forma de conocer al otro nacerse de nuevo, etéreo en el cuerpo ese templo de sudor campo fértil para el beso

LXIX

 esto que pongo en el papel, atardecido casi a oscuras navega sin remos por la orilla huracán de tu cadera es decir lo que recuerdo esa brasa  lo que se salva de caer en la mesa de la desmemoria repito para mí los rituales para alcanzar el alba alguna palabra que te abarque cuando te has marchado mi herida mi yugular abierta para que abreve el amor o el abandono

LXVIII

 en el temblor hubo cielo nubes como una estera donde poner  en descanso el huesadar, la costumbre de buscar la noche romper las sábanas lamer el espejismo abrir la carne como una ventana morder el aire entrar como un ladrón medir la cadencia del fuego en tu gemido abrir la ventana de la casa como se abre rosa despojada de jardín la carne en canal de un toro  esto que ya no soy y ahora recuerdo nada más que para olvidar, esto que ya no soy el temblor el humo el fuego el agua el cielo henchido

LXVII

 esa tarde hablé de ti, de pie frente a la aurora; nunca vio la calle un corazón tan desnudo en su traje de espinas creciendo hacia el interior de la carne largo era el otoño y suave la caída de sus hojas, roto por fin el velo de las cosas tristes, aquellas cosas que olvidamos como por descuido más allá del recuerdo y del polvo de los años más allá de calendarios, de promesas hechas, artilugios sin gracia, máquinas imaginadas rotas apenas tras el suspiro, arracimadas en su derrota ladro sin embargo, vuelvo a mirar el pozo del horizonte en medio de la tarde, aquella tarde, lloraba un sauce: no por ti, por el advenimiento de la soledad ese caballo que relincha y cocea y se lanza sobre mi cuerpo

LXVI

 eres la tempestad, lo que retiembla, nimbo a cirro, en mi huracán; eres, entre la lluvia, fulgor de rayo, lo que deslumbra el ojo al deseo río en furia creciente, crepitar de roca: aquí tienes mi cuerpo para tu arrastre, mi ofrenda de hombre solo muerde este fruto nacido de mi noche: algo en él te nombra y te pertenece ruge otra vez, diluvio, empapa mi tristeza, la piel que ahora me envuelve, la llagadura: esta forma de nombrarte sin voz en la penumbra navegación en ti desde la aurora, lo que intento, este bregar a tientas por la sequía sin fin de tu ausencia sin embargo 

LXV

 en mi pupila arde, resina, tu recuerdo nace un árbol de pan donde súbita estalló cristalina tu risa manantial llueve otra vez sobre mi ensombrecida carne repito, hechicero, la palabra ida abro puertas y ventanas, saludo al polvo más valdría soñar que soy espina más valdría atarme el ladrido que aún empuño ahora sé que es el delirio, que no existió tu beso recuerdo ahora que naufrago en casa de espejos laberinto, horizonte ensortijado entonces vuelvo a cerrar los ojos nudecido suelto amarras a la oscuridad esta oscuridad donde no hay nombre tuyo ni sonido ni luz ni humedad que te sospeche

LXIV

 entonces, volver al paraíso arrasado, no encontrar sino rescoldos de tu aroma, empezar sin papel un mapa cuyo centro tiene la forma de tu ausencia, lamer la ceniza que puebla el aire, roto en su cristalería de nubes abro los ventanales de mi deseo muerdo una flor cuyo nombre olvido pronto maltratado de sed y de hambre en los ijares adormecido y sobrio pero alerta: respiro la humedad de las paredes la casa se llena de insectos y recuerdos esta casa en que no cabe el rinoceronte de mi angustia no soy el náufrago que trajo en su resaca la tormenta, el torpe animal que te ofrendó mi carne enamorada 

LXIII

 Esto que se ha roto, las cosas perdidas, nuestra palabra empeñada sobre el fango: esto que ya no somos, que se diluye en el agua de los días; la flor marchita que olvidamos en un patio lejano remendado de humedad y malas hierbas, algo que se asemeja a la furia y al deseo, mortificada carne en cuyo grito mi grito se hizo eco del silencio. Aves hay en el cielo, pero es tarde: resquebrajada, la aurora crepita y cae sobre el lomo del polvo; lenta gira la rueda de los días, sobre mi espalda: esto que no nombramos pero grita gimotea navega por nuestra angustia y nos da nombre: esto que somos porque fuimos pero ya no será

LXII

 escribo: para marcar mi huella en la arena de los días navego, sin agua, a contracorriente de mí mismo, enceguecido trepo los acantilados del tedio; lo sé de siempre, seré borrado por un soplo, un descuido regreso a las horas palpitantes, urdo mi trama de silencio: antes de ti, antes de mí, este vacío lo habitó el relámpago, muda fiera enfurecida, que nos abrió en la oscuridad un tajo

LXI

 en esta calle rota como jarro que cae nada más que tocado por el descuido, este vaivén de horas donde la duda se columpia, lánguida en el sopor maniatado del deseo, ronco de aullar su hambre, rosa feral agitándose en el tendedero carcomido de la tarde; más allá del silencio, en los recovecos de la duda muere un ave sobre el cristal de su reflejo, asombrada de sí misma, atolondrada; recuerda el momento en que, bólidos, erráticos, la lengua del azar ató, roca al cuello del suicida, esta maraña de carne y hueso: nosotros, cadáver florecido; nosotros, incendio adormecido, maniatado en el sopor de lo callado que nos muerde lo intestino

LX

 encallas, bestia marina, en mi orilla naufragada tocas la costa de mi anhelo, erguida a penas, asaeteada de horas fieras; lo que en mí arde, entonces, se distiende, resquebraja muros, salta fauces de acantilados, ahuyenta conatos de tristeza, pero en vano: mala, tristemente, somos el acero que raja al otro, muda, torpemente, somos el veneno para el otro ahora, entonces, la distancia, la termita de los días royendo la palabra: todo recuerdo dado, el terso olor, la turbia calma de las promesas que se quebraron enmusguecidas, tapiadas de abandono: solas noche sin faro bogamos sin fin hasta el desguance, entramos en el estómago del deseo, dormida bestia putrefacta

LIX

 entonces, cabalgar la aurora, perseguirla, navegar el agua tibia de algún lecho: esto que parece hierbajal en la memoria, lo que del invierno queda en los hombros, renegrido y tambaleante, pero vivo, ascua sobre la ceniza, titilante; más que el ventarrón, la brisa leve: más que la flama, aguardar el principio del incendio atronador y destemplado, el instintivo grito, rugir contra el agua espesa de la noche, lamer el huesadal de todo lo extraviado, entrar, de pie desnudo, al oratorio, silenciado náufrago en la más pura forma del desamparo, entonces, devoto, rezar a los leones de tu orgasmo

LVIII

 Eres, en la calma, estallido: noche rota dentro del pan del día, el costo de nombrarte es el mutismo, la terrible sinfonía de las cosas perdidas, rotas y vueltas a perder frente a la nada, abrir las puertas de la casa para hallar castrado el horizonte, morder la rosa del veneno, trastabillar, molido a palos de ternura, tras tu sombra: antes de la quebratura y del acantilado recogí las migas del deseo, tu deseo, lamí tu herida pudorosa, besé tu suelo; entonces, tras de mí vino el miedo perro hambriento, no a morder mi carne, a descoyuntar el fuego este fuego donde arde el mundo

LVII

 esto, dormir en tierra, tocar lo oscuro, nuestra forma de llamar el fuego, este marasmo, mirar la lluvia, doler las tibias o el huesadal entero, reír ante el abismo, ante los muros, ante el mar o el sinsabor de la partida, montar el jamelgo brioso de la angustia, montarlo y caer, montarlo, volver al suelo, a ciegas, vendado en sus ojos el anhelo; reír cuando estalla el mundo y sus ocasos, la escuálida palabra temblando en las encías, como una carie, haciendo noche sobre la noche de lo extraviado, esta oscura forma de invocar la carne, el húmedo abismo que relinchaulla; navega sobre mi agua, pirata siempre, encalla en su costa trepidante, llega, sin naufragio, plena de ciclones, recorre su dolencia de mangle: allí donde la sombra se ilumina marca el territorio  donde crece  la flor ennubecida de tu orgasmo

LVI

 elegí, entre tu falda y la vigilia, nubes venidas de otros mares, el eco y la espina de las cosas que parten, la mordida brutal de lo sublime, romper las cartas escritas a lomos del viento; aunque sin ti, aunque hosco animal, merodeé las playas donde anida el fuego, mordí algún fruto cuyo nombre, terso, alguna vez me recordó tu beso; ruido ya, apenas bruma inasible, largo desastre, me encaramo a la feria ese bullicio donde cabe apenas nada más y nada menos que el olvido que estiro el brazo y no lo alcanzo

LV

Escribes de la partida y del abandono, de las cosas que, bajo la lluvia, nos dieron forma: duplicidad del sexo o del sudor, el desbocado tumbo de las horas, la imbricada paz bajo el concierto barroco de la selva, rugiente por la madrugada, río creciente; algo recordarás tal vez cuando amanezca, mi corazón sobre tu pecho, como un cuarzo

LIV

 eres, en tu lengua, filo para mi cuerpo, noche me atraviesas, bala desbrujulada; en la pradera de tu espalda, ligeros cabalgan los bisontes de mi beso ruido serás cuando en la piedra sacrificio de tu pubis amanezca, cuando mi sangre entorpecida mar fugaz, breve en oleaje, toque el talón de tu deseo

LIII

 es todo: te marchaste y oscurece no sobre mi carne nido de tu ausencia, en el ojo distraído del anhelo; lo tuyo que arde en mí no duerme, ruge pero sin ganas, derrotado, a la orilla del mar, que no recuerdo, Mira esta flor orquídea silvestre salvaje casi mira su pétalo abierto como una boca al beso a la bocanada de aire recuerda la humedad de los cuerpos lo que fuimos recuerda los nudos de sudor el nudo de saliva y deseo nocturnos frutos que cubrió las pieles ya sin ropa enceguecidas fieras que gruñen de hambre, famelecidas

LII

 entramos, a tientas, en el abrazo del otro, nuestro extraño, doloroso goce; entramos como quien entra en el mar la noche previa al fin del mundo: rodamos entonces, y somos,  apenas, juguetes que giran ebrios mareados en la palma izquierda del deseo, mascota en cuya fauce reina el hambre, aljibe donde la sed, hierba, crece; recoge tu madrugada, corazón, borra la huella la marca de tu sudor y de tu furia: en mi mano sostengo el fuego de tu mano, nada más hace falta, tu voz apenas, ese murmullo donde el río se arrastra y me acaricia

LI

 enjuto, destemplado, torpe: busco nada más que el arco del día en el que tu ausencia no brame, largamente asaeteada por el deseo, ramificada de palabras que nada dicen, apenas balbuceos entre la bruma: mar de susurros en el mar donde naufrago, mullida arena donde encallamos, peces angustiados, boquiabiertos, ennudecidos rota la garganta o el grito el alarido; lo triste que envuelve mi espalda, el desgarro, el agua oscura donde beben las golondrinas su verano nevará en tu pecho, en el mío apenas otoñado: escribo que te llamo, que estoy mudo, que sin voz ecos oigo de tu partida, sombras, nuevos espectros veo y nombro inútil, enfebrecido, casi enfermo, casi lúcido luego, escrito ya el desastre, asoma recelosa la derrota, y muerde pero sin fe, acaso recién alimentada, pero aún furiosa: mira el jirón de piel que dejo a la puerta de tu beso

L

 entonces, envuelta en mi deseo, naces a la bruma, espejo y brocal; eres la cicatriz que deja tu beso, el ciclón; la forma que toma el agua de mi anhelo: recoges en tu palma las palabras que me dio el hambre; aquí, en el comienzo de esta ruina, me desdibujo, me sorprende la jauría de recuerdos, me sorprenden el alba y su fulgor, águila que no surca, vertical, el horizonte; respiro: tu silueta vuelve a incendiar las horas, los parques donde la muerte baila sin mí, el temor siempre vivo de tocarte y en ese gesto, navegar de nuevo hacia el vacío, la nada, esta cicatriz sin herida donde revoloteas, ascua despierta

XLIX

 en mi palabra hiciste nido y primavera no supe si llamarte insomnio o fulgor  escudo de mi sangre, nomenclatura del fuego letra por antigua indescifrable recorro en sueños laberintos de recuerdo atrofiados, casi rotos, casi heridos material para la noche o el silencio mira: estoy a punto de abrir la herida abrirla como se abre una ventana o una puerta regresar a casa tras del relámpago; lo nuestro para siempre será como un cuchillo el cuchillo sin filo que no empuñamos ni en defensa propia, corazón: esta forma de morir a la sombra del invierno

XLVIII

 esta flor que empuño, mi palabra; nube sin lluvia, niebla sin bosque, estremecida roca del deseo: languidece bajo tu sombra; recuerdo que el amor era una arcilla incierta, ave de oculto vuelo, mitad espejo, a medias volcán herido; mordimos el fruto de la carne, abrasamos los paisajes de la angustia rabiosos, enternecidos, pero solos; la lengua que te amó está dormida: esta lengua que espoleo, relincha pero ha olvidado los campos febriles de tu espalda, es flor que nadie empuña, es silencio

XLVII

 espero, sueño, digo que estoy solo; nada he dicho de la herida, esa herida llamada tu nombre la última cicatriz que cultivó mi lengua; rosas vienen, inviernos van: guardo silencio, atesoro su carne en esta noche interminable, mido, paso a paso, la agrimensura del olvido; música, tu recuerdo, estalla, abreva de mi insomnio, escala el sosiego, repta por las coyunturas de mis huesos: larga será la noche, y habrá hielo, entonces, ahora, después:  nada tendré salvo esta ausencia, esta noche como una tumba para tu flor

XLVI

 Esta mañana hablo de nada, navego a la deriva del tedio, escribo, pero sin palabras, labro en el silencio mi ruido propio; reconozco, en la penumbra, aves cuyo vuelo te dibuja, máscara del anhelo, y del recuerdo

XLV

 escarbo nubes de silencio noche que te posas sobre mi hombro eres la flor o la carne herida la imagen aturdida del deseo rompiste los espejos del retorno abierta dejaste toda cicatriz mordiste los talones de la angustia máscara soñaste con el rostro ajado de mi tristeza, de esta voz repetiste, repetimos las fórmulas los inútiles hechizos para el amor el amor esa rosa dentada nuestra flor carnívora hambrienta  este espejo donde escarbo las muelas cariadas de la noche

XLIV

espejo en el callado espejo escribo: navegarás el mar de tu silencio, a solas; espejo en una habitación a oscuras, lengua que a ciegas tantea el abismo, reposarás tu carne sobre el fuego; alguna vez sospecharás el espejismo, malamente recordarás que ardí en tu falda; alguna vez dirás mi nombre sin filo, recogerás los frutos de la angustia, la flor dormida de mi deseo tendrá el aroma empavesado de tus labios verticales, nuestra será la carne roja de la ausencia, esta herida que se abre para siempre 

XLIII

 en qué calle, de qué invierno naufragó mi barca de papel, en el agua de qué lluvia labré esta dolencia obscena roto como botella rota en la pelea astillado pero en pie: morí sin perder la vida mientras soñabas con el tigre: apenas desgarrado, salpicando muros, reciente la herición le hallé las puertas al valor; es todo, dijiste, y luego adiós no hay paisaje donde tú y yo salgamos bien es algo extraño, de la carne y sus gusanos entonces, en qué bruma, noche o espejismo burlón esta palabra nombró algo la cercana colisión de nuestros cuerpos, rotos como estrellas rotas en el cielo azul del horizonte -tal vez me equivoco- muñones del infinito apenas sospechados; marcas, tal vez, para desconocernos; aullamos pero no hay oscuridad, ruinas tal vez, este latido la sorda caída de las rocas empecinado, brutal, casi bestia navego con barca herida pero hacia nada estoy seguro que olvidé el timón  que mi pecho no es sextante ni tu recuerdo astro polar y estoy, a la deriva, con sed, en est...

XLII

 esta palabra ciega no volverá  es decir no asaltará la madrugada recelosa, con nudos de rabia arracimados, tercos mordiéndose la cola mordiendo cada sombra; aquí, en esta casa hundida respondo a tu silencio le doy vueltas al invierno en esta casa que se inunda nombro la herida primordial esa que tu lengua recorre  embelesada, enfebrecida no con sed: con odio es decir con algo parecido, lento, delirante en el desvelo regocijado de sí mismo ahora tal vez deba marchar morder un fruto, envenarme, dormir por fin

XLI

 escucho, pues, absorto, la suave melodía nacida en el estruendo de la distancia,  elijo la púa que ha de pinchar mi hueso, la compasiva daga de tu ahora, ayer desde mañana rosa de almibarado hielo donde crece apenas sospechada la hiedra que cubrirá nuestro cadáver, meticulosa, dedicada, casi festiva más vuelvo a casa, atribulado, y estoy solo acaso distraído, apenas resucitado y con la herida abierta, rota la fauce del deseo, feral ternura hambrienta; libro entonces batallas desesperadas contra nadie, en nombre de fantasmales reinos: no sé de qué otra manera conjurarte, embestir el muro de tu ausencia, serenarme, evadir, pues, absorto, la suave melodía  nacida en tu palabra, hechizo, relámpago estaqueado en el centro de mi pecho, la delicada flor de tu carne, el espejismo, rabiosa actualidad de lo que, sin pertenecerme, ya he perdido; ahora, entonces, tal vez más tarde extienda para recibir la dentellada mi mano, el atril donde esa noche, la noche, sostuve para ti este c...

XL

 en qué nubes he de buscarte, pajarillo: nadie ha oído de tu voz ensortijada en el lecho del viento, de tu risa leve marejada en que me ahogué ya viejo recuerdo la palabra que me diste  aunque todo sea fruto del delirio: me pregunto ahora en qué silencio me esperarás, si al esperarme  amaste a otro y en la comunión y el fuego repetiste mi nombre para dárselo lo he soñado todo, pajarillo: la casa, el estertor que nos unió en verano; nadie sabrá de ti sin embargo, de esta dolencia en el centro orbital de mi derrota

XXXIX

 el reloj y el muladar, la cruda reverberación del alba, negros espejismos donde rumió la noche; esta luz con su mordaza, el barreno del deseo, la pobre vestidura de mis dedos repetida una y otra vez bajo la lengua del invierno andamios para alcanzar inútilmente el nombre mordiscado como fruta madura de tu cuerpo

XXXVIII

 esta comunión de fracasos y desencuentros nadie podrá revocarla, solo nosotros; esta tregua que se agota como se agota  la furia de un caballo en la batalla o en la huida recuerda que estamos hechos de nudos acendradas hebras de olvido: madurados frutos en la rama del deseo

XXXVII

 entonces, esta marca en el vientre, nuestra memoria, nítida mordaza; el cielo del paladar, labrado a fuego, la carie del amor como un taladro rebuscando entre la carne del deseo, apresurado, y nos sangra como a uno, mitad dentro tuyo, a medias dentro mío mira, entonces, el oleaje, la difusa luz adormecida en la hamaca de las horas; ríe pero no nos nombres, olvida el adjetivo la cauda de palabras que nos envolvieron en otra vida, al amparo de la lluvia y las serpientes: nada queda de todo ello, apenas nada, la ceniza el rastro de un animal que se desangra y ruge

XXXVI

 en el fulgor del relámpago nació la fruta de tu beso; esto somos: la carne herida, la tarde que florece brevemente, resquebrajada fuente del deseo; al norte de mi lengua palpita tu corazón, maquinaria de humedad en que me incendio, mi navío de extraños mares agitados ahora que la noche es palabra obtusa recuerdo la voz que nos dió origen, la ardiente pulpa que al devorarnos, en cada lluvia, en cada ríada, necesaria, inevitablemente, mordió el costado pletórico, sudoroso del nudo en que anidamos

XXXV

 eres la promesa y el sudor novena lengua en mi cuello, el arco de tu espalda se tensa, ligero y a ciegas dispara recuerdo el fulgor de tus pupilas aurora dónde abrevé el ensueño, mí primera defensa ante el invierno mitad primera del deseo, ave última del otoño recuerdo tu beso ardiente la calle interminable de tu risa en medio de la selva nuestra palabra entrelazada el hambre y la sed insatisfechos

XXXIV

 en la cima del delirio: tu cadera; nada en torno, nada bajo su péndulo esta duda acaso, acrecentada, tosca: la caída de los dados y el designio  rabioso del azar, tu mano a solas anhelante carne de tu carne, bufo muerdo el pasto de las horas, mi lengua sostiene a tu fantasma ahora que la noche baila en el tejado recoge las migajas del pan de tu beso ladran los perros enrojecidos del ocaso: en sus lomos el arco somnoliento de tu risa, navío que ha de atracar en aguas claras en aguas donde mi nombre vuelve a ser extraño

XXIII

 entonces, llegada la bruma, duermo: nace en el centro de mi lengua un estallido, el signo final de estos días, la suave aurora de la desesperación rozando con sus dedos mi melena; a lomos del deseo insatisfecho mi carne se estremece y afuera llueve mas allá de mis ojos se dilata apresurada la fruta enrojecida de tu sexo

XXXII

escribo para salvarme de tu vientre tibio: nosotros, la fractura, el hueso herido. en esta dolencia, respiramos la esencia empozada de lo compartido, roto en los vaivenes del deseo, ese péndulo; amor, alma de ave, beso sediento: mira este pecho maltratado de quererte mira mi mano presa de la evocación; recuerda que sangré un instante para siempre, la sudorosa conjugación de aquellos cuerpos; escribo para salvarnos de esta dentellada, naufragado en aguas que se enturbian al nombrarte, este laberinto donde heridos respiramos 

XXXI

 eres el primer cataclismo de la aurora nudo que hizo nido en el árbol desecado de mi corazón; eres la palabra que no es amarga pero deja su huella, la fragmentada ternura de lo perdido y roto, reclama el vuelo y el cenit, el regusto  a óxido de lo que se ha perdido, de las cosas extraviadas mullido verbo donde acurrucada duermes

XXX

 en cada lecho a mano, en cada rincón dispuesto a cobijarnos, nos deshicimos de palabras; sin otra voz que el gemido encallamos, presos urgentes del deseo, uno en otro, lengua a lengua, ensalivados, empapados de insomnio, repetidos en cada ojo, en la más leve pulsión de asombro; apresurados, violentamente enamorados, crepitantes mordimos el aire y, en él, la nervadura del amor, su sombra: mordimos, hambrientos, el fruto imposible de la carne, ajena carne decidida a pertenecernos, pero inútilmente; recuerda ahora: cada sonrisa que supo ser incendio la furiosa ríada del verano, las enceguecidas rocas ese paisaje que nos envolvió para apaciguar la llegada de la aurora, nuestra piel acercándose peligrosa, beligerante; esta ríada de postales que me envuelve, este invierno,       -esta quemadura en la sien, en la querencia

XXIX

en muros de silencio, contrito, nube a nube, roca a rosa, escribo, para olvidarlo, tu nombre; lo opuesto, el sentimiento procaz, rabioso, es lo que llega y se apoltrona a todas horas en mi carne, en esta doledura mi último altar para tu orgasmo 

XXVIII

 en cada reflejo del día, en cada hoja quebrada al sol, navega la palabra sin sonido de tu cuerpo; en la barca sin remos del deseo descansamos, lúcidos aunque deslumbrados por el amanecer recogemos como frutos la sangre irrigada algo embriagador permanece en nosotros marca indeleble, invisible, puesta en los labios del corazón

XXVII

 escucha: para encontrarte fue necesario inundar desiertos navegarlos bajo la furia de indomables huracanes; escucha, entonces: para llegar al umbral de tu beso, largas noches debí arder en el corazón de alguna hoguera; recuerda, corazón, el latido de mi corazón cuando tu mano aquilató el peso de mi mano para encender la aurora; mi llaga es este horario hexagonal sin tu saliva mi herida es esta rueca sin hilos girando dislocada; ahora que he inundado mis desiertos, que florecen rojos hibiscos frente a la ventana ciega de tu nombre, la tarde se detiene para verte, estallan su madurez las pomarrosas; escribo que te llamo, escribo que te celo, que, dolido, necio y apesadumbrado, con toda la vergüenza, envuelvo todo en una manta de silencio, y apenas estas palabras, este murmullo que se obstina, y es nada apenas

XXVI

 en el filo del agua, arrodillado nebuloso, pleno de amarga sed esquivo el beso de los equinoccios la caricia estival de cada invierno rompe, amor, bestia de abandono, mi delirio, acuna entre tus garras mi deseo, mi alba desvencijada, enceguecida mi grieta en el vuelo primordial aquí, de pie frente al silencio repito el silabario alegre de tu nombre le doy un largo trago a mi tristeza en las ruinas de mi casa dormitan predadores nocturnas bestias que enarbolan su hambre en el filo del agua, y yo, arrodillado, nebuloso    [pleno de amarga sed te invento

XXV

 eres dolencia en el coxis del amor propio nueva torcedura del talón de Aquiles del deseo el punto donde el acero tiembla de miedo la brisa que hará arder mis sombras; rompe cada guijarro donde mi voz se refleje arroja al agua todo lo que en tus manos mi nombre repita: olvídame en tu sangre más allá de la línea tornasolada del horizonte abre sus ojos un halcón hambriento (recuerda que estoy ebrio, que te sueño) llaga, creces en mí: desde la herida te llama esta carne enceguecida de verte a cada destello; nervadura febril del paranoico, amor estállame en tu beso, dame la roca, esta muerte ante tu labio

XXIV

 esta herida se la ha de llevar el viento necesaria cicatriz quedará tras tu partida en esta madrugada, bajo esta niebla lo único que resta es cerrar los ojos ríes, pero una luz se apaga bajo tu nombre ahora, en esta calle plagada de cocuyos mido mis pasos, sé que no hay danza para recibir al olvido

XXIII

 Esta angustia, la necesidad de tocar noche a noche, a cada latido el magma de tu piel, la sudorosa carne la palabra definitiva dicha por tu voz roto el silencio como cerámica contra el suelo atravesada la espesura de la noche como por un cuchillo me he visto, de rodillas, ante tu sexo

XXII

 este ejercicio para sobrellevar el desconsuelo nutria que escapa por las corrientes del deseo este nudo en el núcleo de la duda, palpitante; la calma brujular antes del alba ríes, en el centro del recuerdo, ríes  armada de nada más que tu sonrisa me tomas por asalto, ejército, marabunta; mi carne está cansada de morirse agusanada, pútrida, casi abono recuerda sin embargo tu desembarco de ternura la danza enfierecida en los márgenes de la noche, el círculo donde volvió a reposar el fuego no olvides el humo que envuelve nuestra ausencia este ejercicio de sobria dolencia, de enferma lucidez

XXI

 el eco, el rastro de ceniza que flota  nube después de nosotros, después de todo en este páramo de nada, donde nada florece lóbrego se abre -es una puerta desvencijada pero abre- reconozco en su interior al fantasma del deseo a la jauría de celos al ataque de toda sombra, mi carne herida, el manantial de mi sangre  alguna palabra para nombrar la quebrantadura osamental reconozco la herida fundamental, el nacimiento de toda doledura la calle aturdida de ceniza, el polvo que siguió en cada otoño, en cada verano por fin domeñado, nuestros pasos, la danza errática del olvido esa excusa tristísima que abrazamos para abrasar otra piel otro sudor otra conjugación de verbos salivales

XX

 eres, ahora, sutura: la vena abierta nuevamente para adorar al único dios, el explosivo incendio de tu orgasmo, la flor abierta de tu sexo ante el rocío rosa primordial del laberinto afilas el beso de tu espina,  miras el abismo de mi voz, crepitas

XIX

 esperar la noche, entonces, se vuelve oficio: nueva tarea para desgranar los días, el interminable asedio a la angustia, lo que se ha perdido a lomos de los celos, roca donde parte sus cráneos el olvido agua que en ti nace, la voz tuya me envuelve mi habitación se llena de tu aroma, de una estampida de recuerdos en la mano sostengo orquídeas silvestres mi desolación de hombre atribulado

XVIII

 muerde, entonces, la yugular de mi deseo, ahógame, déjame ardiendo en mitad de la niebla, rómpeme los huesos, tu labio sea  la roca herida que me descoyunte; escucha brotar mi sangre, el susurro que crece, nocturno y devastado, como hiedra por tu espalda esta noche, en la periferia de tu sombra,  en la calle estrecha donde el invierno da comienzo un ave gira sobre el cráneo de la muerte, y grazna

XVII

Espera, entonces, la llegada de los bárbaros, niega toda conjugación del verbo, entra en las habitaciones donde el olvido labró su huella; entra sin saludar, sin equipaje, recelosa y delirante, tierna y feroz como antes; ancla en los puertos donde el deseo maduró sus frutos,  marca con tu orgasmo el territorio infranqueable de tu ausencia

XVI

 entrégate, entonces, a la corriente del deseo, no le des un respiro a esta sangre, entrégate como una ofrenda al espasmo, labra en cada roca de duda tu nombre,  recoge los perdigones de esta voz entrecortada agita las aguas de este corazón, enturbialas mañana tu piel sacudirá todo horizonte, mañana podremos alimentar el fuego aquí, en este rincón sin muros del anhelo, repito que he saboreado tu sangre bajo la luna largamente dispuesto a recibir el abrazo de la muerte ese silencio definitivo, la dentellada nacida en sabrá el diablo qué espejismos el desgarre final, el quiebre de toda nomenclatura, el soplo que arrase toda ceniza

XV

 escupir, entonces, contra los muros de la angustia, naufragar desde la azotea tormentosa de los celos, empecinado, obstinado en roer tus nombres la manta del deseo, aunque raida, aunque deshilachada, resguarda mi cuerpo de temblores a ti, que en mi sueño apareces con una flor en la entrepierna: mira la obra de mi mano, esta ciudad que se consume

XIV

 es en tardes como esta cuando mejor te invento, novedosa en el palpitar de tus embrujos, el arco doble de tus cejas enfila sus dardos  lánguidos, certeros, a la diana central de mi deseo Recojo tus momentos mejores y con ellos formulo acaso una pregunta que ha de ser respondida por el eco más aún, con la arcilla que de ti queda,  moldeo las manos que sostuve y sus diez uñas afiladas uñas para la nostalgia de mi espalda respiro: el alba se acerca otra vez con su jauría ciega lenta, entorpecida, deja jirones suyos entre espinos escribo que te invento en esta tarde no hay mística en ello, acaso la nostalgia que se arrastra entre mis huesos, y me muerde y me hace beber           [de nueva cuenta su veneno

XIII

 eres, amor, el colmillo que me acecha no hay verbo conjugable que te abarque: el aroma de tu flor es un estallido rompe mi cuello, amor, dame el espasmo agótame como se agota un río, quiebra mi cauce, la voluntad del espejismo, muerde los talones de mi angustia, corazón, ahógame, no permitas que cruce las aguas residuales del deseo, que no llegue a mi garganta la primera gota de embriaguez, que no recuerde el suave palpitar de la nostalgia, no me des otro nombre, no me arrojes entre espinos, corazón: ya he abierto mi pecho a tu verano

XII

 el miedo, entonces, galopó a voluntad, nada hubo que se le opusiera  entre tu llanto y mi desasosiego; la hora del incendio no ha terminado aún: recuerda los malabares de la sangre, aquella oscuridad que fundió nuestros cuerpos, moribundos cuerpos palpitantes, sudorosos me parece oír tu respiración desacompasada, aquel rumor del agua distante, y me pregunto ¿recogeré otra vez los frutos de tu cuerpo? lo cierto, lo terrible, es la dolencia, este ardor sin forma, este cuerpo sin tu cuerpo para enfrentar las horas, nuestra casa que se hizo árbol que se incendió en la tormenta, esta pausada muerte que me besa

XI

en muros de agua, cada tarde, navego sin hallar el faro de tu orgasmo; escribo en la salina brisa una palabra: la que sostiene sobre su espina el color de lo perdido remo aunque sin brazos perdido entre la bruma así me hundo en la noche, con tu ausencia por equipaje, marcado en el hombro por el roce de tu labio, marcado a fuego y deseo y sudor,  ante inasibles muros de agua, en este salado laberinto, riego la flor hambrienta de la carne, la familiar bestia que me sigue paso a paso; en esta piel que se desbasta crece el musgo, no hay roca, ni madero a salvo de su hambre: en mi mano tiembla un canario enfebrecido, y llueve, por fin, sobre mi carne

X

espera la llegada de los huracanes, corazón, nosotros fuimos hechos para el resquebrajamiento:   en el centro de la tormenta espero tu regreso, la hora en que tu nombre resuene relámpago o terremoto galopante   algo se ha roto entre las dunas más allá del alba, donde anidan las aves del deseo   muerdo entonces la fruta dulce de la derrota abrevo, silvestre, en el agua revuelta de la memoria   lo terrible es la decadencia de la carne: esperarte en las esquinas del desastre navegar sobre la arena furiosa esperarte como un madero seco en el camino

IX

en cada hueco, en cada hebra de soñada furia nocturno vegetal tras tu huella palpita mi deseo en el más ferviente paladar de mi hambre, laborioso y animal, recojo frutos del mar de tu saliva, aúllo con mi tropel de sombras, aherrojado                                                                       en la noche, malherido de mí mismo, hablo a la escueta                                                                            primavera:   algo de fiera queda en mi entrepierna, algo que como un eco repite la nervadura de tu nombre la elocuente rabia g...