C XXII
eres, cuando hay lluvia, lo que pulsa tierra adentro:
navegas por mi sangre, eco, trampa, reflejo,
esa marea del mundo aún sin nombre,
lo que intacto sobrevive a lo ceniza;
rodeada de fuego y girasoles te desbasta el aire:
alguien localiza el origen del relámpago,
mira sus manos y comprende el color de la ceguera,
más allá del estruendo, entre lo claro, alguien te nombra,
alguien dice tu nombre sin saberlo,
recorre la sinuosa orografía de tu llanto o tu deseo:
la primera flor arrancada por el huracán tiene tus ojos,
el primer destello que me deslumbra no es del rayo,
nace entre los abrojos de la desmemoria, en tu cuerpo,
en lo que roca de ti hacia mí perdura tras el fuego
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