CXXX

este papalotear del corazón en horas bravas,

numerado hasta el suspiro,

el eco puesto al sol como en desuello;

lo que se hizo frontera en el silencio,

roto caparazón de ensoñaciones:

aquí yace, dirá una lápida sin nombre,

mi corazón después de nuestro,

mano tendida hacia lo nada;

abrirás el ojo una mañana y lo sabrás:

recorro vestido de fantasma los despojos,

la cíclica conflagración de aquel deseo;

estoy como al principio, llaga en mano,

negado de sosiego cuando se alba,

echado a olvidar como fruta cáida

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