LII

 entramos, a tientas, en el abrazo del otro,

nuestro extraño, doloroso goce;

entramos como quien entra en el mar

la noche previa al fin del mundo:

rodamos entonces, y somos, 

apenas, juguetes que giran ebrios

mareados en la palma izquierda del deseo,

mascota en cuya fauce reina el hambre,

aljibe donde la sed, hierba, crece;

recoge tu madrugada, corazón, borra la huella

la marca de tu sudor y de tu furia:

en mi mano sostengo el fuego de tu mano,

nada más hace falta, tu voz apenas,

ese murmullo donde el río se arrastra y me acaricia

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