LVII

 esto, dormir en tierra, tocar lo oscuro,

nuestra forma de llamar el fuego,

este marasmo, mirar la lluvia, doler

las tibias o el huesadal entero,

reír ante el abismo, ante los muros,

ante el mar o el sinsabor de la partida,

montar el jamelgo brioso de la angustia,

montarlo y caer, montarlo, volver al suelo,

a ciegas, vendado en sus ojos el anhelo;

reír cuando estalla el mundo y sus ocasos,

la escuálida palabra temblando

en las encías, como una carie, haciendo

noche sobre la noche de lo extraviado,

esta oscura forma de invocar la carne,

el húmedo abismo que relinchaulla;

navega sobre mi agua, pirata siempre,

encalla en su costa trepidante,

llega, sin naufragio, plena de ciclones,

recorre su dolencia de mangle:

allí donde la sombra se ilumina

marca el territorio 

donde crece 

la flor ennubecida de tu orgasmo

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