LVIII
Eres, en la calma, estallido:
noche rota dentro del pan del día,
el costo de nombrarte es el mutismo,
la terrible sinfonía de las cosas perdidas,
rotas y vueltas a perder frente a la nada,
abrir las puertas de la casa para hallar castrado el horizonte,
morder la rosa del veneno, trastabillar,
molido a palos de ternura, tras tu sombra:
antes de la quebratura y del acantilado
recogí las migas del deseo, tu deseo,
lamí tu herida pudorosa, besé tu suelo;
entonces, tras de mí vino el miedo perro hambriento,
no a morder mi carne, a descoyuntar el fuego
este fuego donde arde el mundo
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