LXI

 en esta calle rota como jarro que cae

nada más que tocado por el descuido,

este vaivén de horas donde la duda se columpia,

lánguida en el sopor maniatado del deseo,

ronco de aullar su hambre, rosa feral

agitándose en el tendedero carcomido de la tarde;

más allá del silencio, en los recovecos de la duda

muere un ave sobre el cristal de su reflejo,

asombrada de sí misma, atolondrada;

recuerda el momento en que, bólidos, erráticos,

la lengua del azar ató, roca al cuello del suicida,

esta maraña de carne y hueso: nosotros, cadáver florecido;

nosotros, incendio adormecido, maniatado

en el sopor de lo callado que nos muerde lo intestino

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