LXIV

 entonces, volver al paraíso arrasado,

no encontrar sino rescoldos de tu aroma,

empezar sin papel un mapa cuyo centro tiene la forma de tu ausencia,

lamer la ceniza que puebla el aire,

roto en su cristalería de nubes


abro los ventanales de mi deseo

muerdo una flor cuyo nombre olvido pronto

maltratado de sed y de hambre en los ijares

adormecido y sobrio pero alerta:

respiro la humedad de las paredes


la casa se llena de insectos y recuerdos

esta casa en que no cabe el rinoceronte de mi angustia


no soy el náufrago que trajo en su resaca la tormenta,

el torpe animal que te ofrendó mi carne enamorada 

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