LXXIX
en la boca anegada del desvelo
naufragado, huérfano de faro o costa,
erosionada la locura por el hambre,
la carne y el huesadal envejecidos,
rotas las alas del deseo, descoyuntadas;
amor: yo fui el acantilado y la madera
mordidos por la noche, forzados
(mírame, dolido hasta en la sombra)
al choque y la caída sobre tu espuma
resulta que estoy hecho de algo más simple,
larga, cotidianamente amenazado por el fin
esta materia que soy, de fácil quebratura,
no la roca supuesta que prometió mi lengua:
este cristal frente al proyectil que ya me besa
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