LXXVI

 escucha: cada palabra como cristal en su caída

no sobre los cuerpos, sobre el mullido cojín del aire;

el murmullo de hojas secas, de la lluvia en su coraza,

lo fulgurante y pagano que del incendio queda,

restallante y pluvial, poco menos que fugaz,

arrinconado de sí o parpadeo en la oscuridad;

mi telúrica ensoñación, lo que te ofrezco,

mi garra más profunda, descarnada, lo que exiges,

(agua sin claridad en sus esquinas, encenagada,

rota como la rota nervadura que a penas me sostiene);

la vertebral columna de mi deseo, mi llama,

esta ofrenda para el mar de tu cabellera interminable:

nadie lo sospechó entonces, nuestro grito

ese alarido que templó la aurora, lo que hiere, lo que aún arde

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