LXXXVII
este cristal en que se desvanece el mundo
nudo ciego de ambigua luz
el cascarón de las cosas recordadas
las que se esfuman en la arena
roja de los días de morir a solas,
a desbocada prisa por devorar acantilados
meticulosamente herido de mí mismo
masticado en el hambre de nada
ahogado casi de estar vivo, de inhalaciones,
repetido en la profundidad del hueso, enrotecido,
ladrante de mi noche sin lluvia sin tu nombre
esta casa que se arruina de silencio de polvo
no el espejo no el cristal, que se enmaleza:
eso que se oxida entre musgo y sombra
eso que ya crepita bajo piedras
nada más para quebrarse o sajar su carne
embadurnarse de nostalgia, enceguecido
lo que escuece en la costilla del deseo,
reverberado y torvo, ensombrecido de llamarte
a cada brinco de la aurora, a cada temblequeo de lengua,
mi gritante muro de fantasmas se deslumbra
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