XI
en muros de agua, cada tarde,
navego sin hallar el faro de tu orgasmo;
escribo en la salina brisa una palabra:
la que sostiene sobre su espina el color de lo perdido
remo aunque sin brazos perdido entre la bruma
así me hundo en la noche, con tu ausencia por equipaje,
marcado en el hombro por el roce de tu labio,
marcado a fuego y deseo y sudor,
ante inasibles muros de agua, en este salado laberinto,
riego la flor hambrienta de la carne,
la familiar bestia que me sigue paso a paso;
en esta piel que se desbasta crece el musgo,
no hay roca, ni madero a salvo de su hambre:
en mi mano tiembla un canario enfebrecido, y llueve, por fin, sobre mi carne
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