XII
el miedo, entonces, galopó a voluntad,
nada hubo que se le opusiera
entre tu llanto y mi desasosiego;
la hora del incendio no ha terminado aún:
recuerda los malabares de la sangre,
aquella oscuridad que fundió nuestros cuerpos,
moribundos cuerpos palpitantes, sudorosos
me parece oír tu respiración desacompasada,
aquel rumor del agua distante, y me pregunto
¿recogeré otra vez los frutos de tu cuerpo?
lo cierto, lo terrible, es la dolencia, este ardor sin forma,
este cuerpo sin tu cuerpo para enfrentar las horas,
nuestra casa que se hizo árbol que se incendió en la tormenta,
esta pausada muerte que me besa
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