XLI
escucho, pues, absorto, la suave melodía
nacida en el estruendo de la distancia,
elijo la púa que ha de pinchar mi hueso,
la compasiva daga de tu ahora, ayer desde mañana
rosa de almibarado hielo donde crece
apenas sospechada la hiedra que cubrirá nuestro cadáver,
meticulosa, dedicada, casi festiva
más vuelvo a casa, atribulado, y estoy solo
acaso distraído, apenas resucitado y con la herida abierta,
rota la fauce del deseo, feral ternura hambrienta;
libro entonces batallas desesperadas contra nadie,
en nombre de fantasmales reinos:
no sé de qué otra manera conjurarte,
embestir el muro de tu ausencia, serenarme,
evadir, pues, absorto, la suave melodía
nacida en tu palabra, hechizo, relámpago
estaqueado en el centro de mi pecho,
la delicada flor de tu carne, el espejismo,
rabiosa actualidad de lo que, sin pertenecerme, ya he perdido;
ahora, entonces, tal vez más tarde extienda para recibir la dentellada
mi mano, el atril donde esa noche, la noche, sostuve para ti este corazón
Comentarios