XLIII
en qué calle, de qué invierno
naufragó mi barca de papel,
en el agua de qué lluvia
labré esta dolencia obscena
roto como botella rota en la pelea
astillado pero en pie:
morí sin perder la vida
mientras soñabas con el tigre:
apenas desgarrado, salpicando muros,
reciente la herición
le hallé las puertas al valor;
es todo, dijiste, y luego adiós
no hay paisaje donde tú y yo salgamos bien
es algo extraño, de la carne y sus gusanos
entonces, en qué bruma,
noche o espejismo burlón
esta palabra nombró algo
la cercana colisión de nuestros cuerpos,
rotos como estrellas rotas en el cielo
azul del horizonte -tal vez me equivoco-
muñones del infinito apenas sospechados;
marcas, tal vez, para desconocernos;
aullamos pero no hay oscuridad,
ruinas tal vez, este latido
la sorda caída de las rocas
empecinado, brutal, casi bestia
navego con barca herida pero hacia nada
estoy seguro que olvidé el timón
que mi pecho no es sextante
ni tu recuerdo astro polar
y estoy, a la deriva, con sed, en este mojado laberinto
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