XVII

Espera, entonces, la llegada de los bárbaros,

niega toda conjugación del verbo,

entra en las habitaciones donde el olvido

labró su huella; entra sin saludar, sin equipaje,

recelosa y delirante, tierna y feroz como antes;

ancla en los puertos donde el deseo maduró sus frutos, 

marca con tu orgasmo el territorio infranqueable de tu ausencia

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