XVIII

 muerde, entonces, la yugular de mi deseo,

ahógame, déjame ardiendo en mitad de la niebla,

rómpeme los huesos, tu labio sea 

la roca herida que me descoyunte;

escucha brotar mi sangre, el susurro que crece,

nocturno y devastado, como hiedra por tu espalda


esta noche, en la periferia de tu sombra, 

en la calle estrecha donde el invierno da comienzo

un ave gira sobre el cráneo de la muerte, y grazna

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