XXIII

 entonces, llegada la bruma, duermo:

nace en el centro de mi lengua un estallido,

el signo final de estos días,

la suave aurora de la desesperación

rozando con sus dedos mi melena;

a lomos del deseo insatisfecho

mi carne se estremece y afuera llueve

mas allá de mis ojos se dilata

apresurada la fruta enrojecida de tu sexo

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