XXVII
escucha: para encontrarte fue necesario inundar desiertos
navegarlos bajo la furia de indomables huracanes;
escucha, entonces: para llegar al umbral de tu beso,
largas noches debí arder en el corazón de alguna hoguera;
recuerda, corazón, el latido de mi corazón cuando tu mano
aquilató el peso de mi mano para encender la aurora;
mi llaga es este horario hexagonal sin tu saliva
mi herida es esta rueca sin hilos girando dislocada;
ahora que he inundado mis desiertos, que florecen
rojos hibiscos frente a la ventana ciega de tu nombre,
la tarde se detiene para verte, estallan su madurez las pomarrosas;
escribo que te llamo, escribo que te celo, que, dolido,
necio y apesadumbrado, con toda la vergüenza,
envuelvo todo en una manta de silencio, y apenas estas palabras,
este murmullo que se obstina, y es nada apenas
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