XXVIII

 en cada reflejo del día, en cada hoja quebrada al sol,

navega la palabra sin sonido de tu cuerpo;

en la barca sin remos del deseo descansamos,

lúcidos aunque deslumbrados por el amanecer

recogemos como frutos la sangre irrigada

algo embriagador permanece en nosotros

marca indeleble, invisible, puesta en los labios del corazón

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