XXX
en cada lecho a mano, en cada rincón dispuesto a cobijarnos,
nos deshicimos de palabras; sin otra voz que el gemido
encallamos, presos urgentes del deseo, uno en otro,
lengua a lengua, ensalivados, empapados de insomnio,
repetidos en cada ojo, en la más leve pulsión de asombro;
apresurados, violentamente enamorados, crepitantes
mordimos el aire y, en él, la nervadura del amor, su sombra:
mordimos, hambrientos, el fruto imposible de la carne,
ajena carne decidida a pertenecernos, pero inútilmente;
recuerda ahora: cada sonrisa que supo ser incendio
la furiosa ríada del verano, las enceguecidas rocas
ese paisaje que nos envolvió para apaciguar la llegada de la aurora,
nuestra piel acercándose peligrosa, beligerante;
esta ríada de postales que me envuelve, este invierno,
-esta quemadura en la sien, en la querencia
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