XXXIV

 en la cima del delirio: tu cadera;

nada en torno, nada bajo su péndulo

esta duda acaso, acrecentada, tosca:

la caída de los dados y el designio 

rabioso del azar, tu mano a solas


anhelante carne de tu carne, bufo

muerdo el pasto de las horas,


mi lengua sostiene a tu fantasma

ahora que la noche baila en el tejado

recoge las migajas del pan de tu beso


ladran los perros enrojecidos del ocaso:

en sus lomos el arco somnoliento de tu risa,

navío que ha de atracar en aguas claras

en aguas donde mi nombre vuelve a ser extraño

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