XXXVI

 en el fulgor del relámpago

nació la fruta de tu beso;

esto somos: la carne herida,

la tarde que florece brevemente,

resquebrajada fuente del deseo;


al norte de mi lengua palpita tu corazón,

maquinaria de humedad en que me incendio,

mi navío de extraños mares agitados


ahora que la noche es palabra obtusa

recuerdo la voz que nos dió origen,

la ardiente pulpa que al devorarnos,

en cada lluvia, en cada ríada,

necesaria, inevitablemente, mordió

el costado pletórico, sudoroso del nudo en que anidamos

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