XXXVII
entonces, esta marca en el vientre,
nuestra memoria, nítida mordaza;
el cielo del paladar, labrado a fuego,
la carie del amor como un taladro
rebuscando entre la carne del deseo,
apresurado, y nos sangra como a uno,
mitad dentro tuyo, a medias dentro mío
mira, entonces, el oleaje, la difusa luz
adormecida en la hamaca de las horas;
ríe pero no nos nombres, olvida el adjetivo
la cauda de palabras que nos envolvieron
en otra vida, al amparo de la lluvia y las serpientes:
nada queda de todo ello, apenas nada, la ceniza
el rastro de un animal que se desangra y ruge
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